«La arcilla se acuerda de todo» — Elena Vossberg
15.07.2026 — The Society

[CONTENIDO DE MUESTRA — persona ficticia, sustituir antes de publicar]
Elena Vossberg, ceramista. Copenhague. Sus vasos blancos como el hueso nacen de una arcilla gris que, dice, tiene mejor memoria que ella.
Nos recibe con las manos mojadas y no se disculpa por ello. Su estudio ocupa el bajo de un antiguo taller de bicicletas en Nørrebro: una pared entera de baldas con piezas crudas, una ventana al patio y una radio que solo sintoniza una emisora, porque tocar el dial le da pereza. Sobre la mesa, un cuaderno hinchado por la humedad y un vaso torcido que no piensa tirar. Lleva veinte años haciendo cerámica; antes diseñaba interiores. «Aquello era decidir cosas para otros. Esto es conversar con un material que decide contigo». El café lo sirve en piezas descartadas: «las mejores tazas son los errores».
¿Cuál es la primera cosa que recuerdas haber hecho con las manos?
Un cenicero espantoso. Tenía siete años, era para mi padre, que ni siquiera fumaba. Lo hice en la escuela con una plastilina que se suponía que endurecía al aire y nunca endureció del todo. Mi padre lo tuvo en su escritorio treinta años, blando y deforme, lleno de clips. Cuando murió, fue lo primero que busqué de su despacho. Ahí entendí algo que me ha servido siempre: los objetos no valen por lo que son, valen por lo que aguantan.
¿Cómo es tu día en el taller?
Aburrido, visto desde fuera. Llego a las siete y media porque la luz de la mañana entra baja y me deja ver los defectos de las piezas del día anterior. Los defectos se esconden a mediodía; a las ocho de la mañana no saben mentir. Amaso una hora, que es mi manera de pensar. Tengo una manía: no enseño nunca una pieza el día que sale del horno. La dejo una semana en la balda. Si a la semana todavía me alegra verla, existe. Si no, vuelve al cubo de reciclar arcilla. La mitad de mi producción no sobrevive a esa balda.
¿Qué le sobra a la cerámica ahora mismo?
Épica. Ahora todo el mundo tiene un horno y un discurso: la conexión con la tierra, lo ancestral, el ritual. Y me parece bien, pero un vaso es un vaso. Su trabajo es que beber agua a las tres de la mañana sea un poco mejor. Cuando el discurso pesa más que la pieza, la pieza suele ser mala. Mi maestra en Jutlandia decía: si tienes que explicar por qué un vaso es bueno, no lo es.
Trabajas con arcilla gris para hacer piezas blancas. Cuéntame eso.
Es que ahí está todo. La arcilla que uso es gris, fea, del color del cemento mojado. El blanco solo aparece en la cocción, a 1.280 grados. Durante meses trabajas en gris confiando en un blanco que no ves. Y hay otra cosa: la arcilla tiene memoria física. Si la doblas mal al principio, aunque después la endereces, la pieza se tuerce en el horno. Se acuerda del gesto que quisiste esconder. Por eso digo que la arcilla se acuerda de todo: no puedes hacer trampas, la mentira sale a 1.280 grados. Me gustaría que más cosas funcionaran así.
¿Qué aprendes de disciplinas que no son la tuya?
Muchísimo, casi todo. De los cocineros aprendí el mise en place: tener cada herramienta en su sitio antes de empezar, porque el torno no espera. De un sastre de Copenhague aprendí lo del descanso del material — él deja reposar la lana cortada antes de coserla, yo dejo reposar la arcilla amasada antes de tornearla. Y de los músicos, el silencio. Un amigo contrabajista me dijo una vez que las notas las carga el silencio de alrededor. En una balda pasa igual: las piezas necesitan aire entre ellas. Si las juntas mucho, se matan.
¿Hay algo que todavía no te salga?
Las asas. Llevo veinte años y las asas me siguen ganando. También me cuesta parar series: cuando una forma funciona, podría hacer doscientas, y sé que a partir de la número cuarenta ya no estoy haciendo cerámica, estoy haciendo dinero. Reconocer ese momento — la pieza cuarenta — es lo más difícil de mi oficio. Más que las asas, casi.
Las cinco de The Society
Un objeto del que no te separas. El cuaderno hinchado. Se mojó en 2019 y desde entonces las páginas tienen relieve. Escribir ahí es como escribir sobre un paisaje.
Un lugar al que vuelves. El Louisiana, el museo, pero en enero, cuando no hay nadie y el mar por las ventanas es del color de mi arcilla.
Algo que hiciste con las manos esta semana. Pan de centeno, malísimo. La masa madre y yo no nos entendemos todavía. Es humillante y me encanta.
Un creador (vivo) al que deberíamos entrevistar. Théo Marchand, un arquitecto de París que piensa los edificios desde los materiales, no desde los planos. Discutimos una vez sobre si un muro puede ser honesto. Seguimos discutiendo.
¿Qué es para ti The Society? La mesa larga a la que siempre quise que me invitaran. Donde un ceramista puede discutir con un arquitecto sobre muros honestos y nadie pregunta para qué sirve eso.
Elena Vossberg — ceramista — Copenhague



















































